Y Heidegger cayó al pozo

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“Quien no cita al autor de una gran idea está cometiendo una doble falta. Una contra su pasión por la lectura y la segunda contra el respeto hacia quien se rompió la cabeza por engendrar lo que estremeció a tu alma.”

— La doble falta, Joseph Kapone 

(Cuaderno de notas, 1996 - 2017)

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Menuda tontería, la cita es la muleta para guiar a los lamebotas de la ‘’autoridad cultural’’. Una mayoría de discapacitados que necesita ver un Kafka al final para asegurarse que hay legitimidad para ‘’estremecer su alma’’.
(Cuaderno de notas, 1986- 2023)

Source: el-escritor-sombrilla
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Salvador Dalí . Hitler Masturbándose (1973)

Hermann Rauschning, el Gauleiter nazi que desertó a occiden-
te, fue quien vio con más detalle a Adolf Hitler como el Klingsor del siglo XX:

Ante todo, Hitler es el miasma pestilente de la sexualidad furtiva, antinatural, que inunda y pudre la atmósfera a su alrededor, como una emanación repugnante. Nada a su alrededor es lineal. Relaciones subrepticias, sustitutos y símbolos, falsos sentimientos y lujuria escondida. Nada en torno a este hombre es natural y auténtico, nada tiene la claridad de un instinto natural. «Oh, si Hitler supiera lo bien que sienta tener a una chica fresca y natural», dijo Forster, otro de los Gauleiter de Hitler.*

Rauschning ha descrito su primera visita para ver a Hitler en la aguilera de su montaña, Barbarroja, y lo que allí encontró. Después de caminar a través de una garganta rocosa y subir unos cuantos cientos de metros en un elevador, entró en un edificio de paredes de cristal, protegido por la selva nevada de las montañas de Baviera. Pero cuando entró en el santuario de Hitler se enfrentó de inmediato con una monstruosa incógnita que le dejaría estupefacto y horrorizado.

Allí, encima del mundo, fuera del alcance de cualquier mortal, Hitler se sentaba en su trono «contemplando la eternidad y desafiándola». Pero de las paredes de aquel lugar, en el que Hitler soñaba con dominar el mundo, convulso por el paroxismo del odio y al borde de la locura, colgaban cuadros de desnudos obscenos, cuadros sin intención artística ni encanto, que sólo estaban destinados a ilustrar las desviaciones sexuales más perversas.

Aparte de Rauschning, ninguno de los demás biógrafos de Hitler ha percibido que la perversión sexual se convirtió en el punto central de su vida. Se ocupan del tema de un modo fragmentado, con titulares como: «¿Era impotente Hitler?» o «La actitud de Hitler hacia las mujeres». No comprenden que el coraón de toda su existencia era una monstruosa perversión sexual, la motivación detrás de cada acto a través del cual se tomaba una sádica venganza contra la humanidad.

Wolfram von Eschenbach describe en Parsifal (libro VII), cómo la castración de Klingsor, cuando aún era un hombre joven, le condujo a una perversión sexual parecida y a un odio tan amargo por la humanidad y a una deseo de venganza a través de la adquisición de poderes mágicos:

Jamás un joven ha llegado a la ancianidad con tanto honor. Señor, sus maravillas están aquí, pero son pequeñas en comparación con las poderosas maravillas que tiene aún en muchas tierras… Os diré cómo es; se ha vuelto amargo con mucha gente. Su tierra se llama Terra di Labur, y él desciende de uno que también aprendió a obrar milagros, como Virgilio de Nápoles.

«Os contaré la historia de Klingsor. Su capital era Capua. Tomó el camino hacia la fama y no se fue sin recompensa. Klingsor, el duque, estaba en boca de todos, tanto hombres como mujeres, hasta que cayó en desgracia. Sicilia tiene un noble rey llamado Ibert, e Iblis era su mujer, la mujer más amante jamás salida del seno de una madre. Klingsor la sirvió hasta que ella le recompensó con amor. Por esto el rey le quitó su honor. Si os tengo que contar este secreto, debo pediros perdón, porque no está bien que yo diga tales cosas. Un corte de cuchillo, y Klingsor se convirtió en un eunuco.»

Y aún le contó más. «En el famoso castillo de Kalot Embolot, se con-
virtió en el hazmerreír del mundo. El rey encontró a su esposa durmiendo en brazos de Klingsor. Si encontró allí un lecho caliente, tuvo que pagar un alto precio, ya que por mano del rey se convirtió en un hombre que era suave entre las piernas. Le golpeó de tal modo que ya nunca podrá dar placer a mujer alguna. Pero aquello significó sufrimientos para muchas personas. La magia no se inventó en el país de Persia, sino en una ciudad llamada Persida. Klingsor viajó a aquel lugar, y de allí trajo el arte mágico de hacer cualquier cosa que desee. A causa de la vergiienza inflingida a su cuerpo ya nunca mostró buena voluntad hacia nadie, ni hombre ni mujer, y cuando puede robarles algo que les causa gozo, especialmente a aquellos
que son honrados y respetados, eso hace bien a su corazón.»

Trevor Ravenscroft . La lanza del destino